La
escuela de hoy día, como no debe ser de otra forma, debe tener como principal
objetivo la formación integral de la persona, tanto desde una perspectiva
individual como social. Lo que en ella se trabaja va más allá de un libro de
texto o de un modelo que se limite a “auditar aprendizajes” para aprobar o sacar
“buenas notas”. Por ello, lo que menos se conoce es aquello que llamo “La escuela
invisible”, siendo, precisamente, la que más trascendencia tiene para
participar en la sociedad actual, además de para mejorarla y ser capaz de construirla.
La escuela invisible
La
“escuela invisible” tiene varios puntos clave a considerar, ese día a día en el
que pretendemos desarrollar procesos mentales. Pero, en esta ocasión, nos vamos
a centrar en uno de ellos: El aprender a razonar y a pensar. Educar en el
razonamiento es una labor que no busca el aplauso inmediato, porque no es
visible de manera inminente, sino la solidez en una formación que la persona
necesitará el resto de su vida. Es una inversión silenciosa.
Enseñar
a pensar es,
quizás, el proceso más lento y exigente, pero es el único que garantiza que el
aprendizaje permanezca cuando pasamos a otro nivel u otra etapa, o cuando
salimos del edificio del colegio, instituto o universidad. Aprender a
razonar y a pensar debe ser la mejor inversión que una persona puede hacer en
sí misma.
Un espejismo: ¿Estamos
aprendiendo o solo repitiendo? La trampa del "resultado inmediato"
En
el camino de la enseñanza, es fácil caer en la tentación de los métodos
puramente mecánicos sin comprensión para aquello que realmente se basa en el
razonamiento. Son atractivos porque ofrecen una gratificación instantánea:
el alumnado resuelve el ejercicio, obtiene la respuesta correcta, aunque no lo
entienda, y todos (docentes, alumnado y familias) sentimos esa falsa
complacencia inmediata de haber cumplido el objetivo. Sin embargo, detrás
de ese resultado puede esconderse un vacío que es el que tratamos de exponer.
Aprender
por repetición mecánica sin entender sería como memorizar el camino a una casa
sin saber leer un mapa. Si mañana nos cambian el sentido de una calle, nos
vamos a perder.
Concretemos
con algunos ejemplos:
El
cálculo. No debe ser un automatismo
carente de comprensión, sino como una herramienta de razonamiento. El alumnado
debe comprender qué calcula y para qué, dotando de significado real a las
operaciones matemáticas para poder utilizarlas en el verdadero criterio de
evaluación que se propone: la resolución de problemas en situaciones reales. La
comprensión no es un resultado, es poner el objetivo en el proceso de
construcción activa del aprendizaje.
La
lectura. No debe imitarse a ser un scroll de redes sociales, sino una lectura
profunda que permita una exploración cognitiva con empatía, inferencias y
razonamiento complejo. No es leer “X libros al año” a modo competición, ya que
ello puede desplazar la motivación intrínseca de la lectura como medio, como
fin o como placer.
El
problema no es leer mucho o poco, es leer sin detenerse, sin analizar, sin
reflexionar. En un mundo saturado de información, muchas veces partidista o
interesada, la lectura lenta y profunda debe ser la que nos permita un adecuado
desarrollo cognitivo. La lectura debe concebirse como un instrumento de
aprendizaje que se integre de manera natural en cada una de las áreas.
Un
tercer ejemplo, las respuestas a preguntas (ya sean orales o escritas). Cuando
lanzamos una pregunta en clase y el alumno responde con las palabras exactas
del libro de texto, a menudo sentimos un alivio inmediato: "¡Lo
sabe!". Pero, en muchos casos, no estamos ante un conocimiento, sino
ante un eco, una reproducción sin comprensión que le impide un razonamiento
posterior al preguntarle “¿Y que pasaría si…?, ¿En qué situación vemos que…?,
¿Qué ejemplos pondrías relacionados con…?"
De
este modo, una adecuada evaluación sería la que no solo pide reproducir
contenidos fomentando una mentalidad de almacenamiento temporal. El alumnado
"vuelca" la información mecánicamente que después olvida porque no
entiende lo que ha retenido, aun habiéndole dedicado tiempo y esfuerzo. Recordar
es solo la base; si nuestras preguntas no escalan hacia la aplicación y el
análisis, estamos fomentando una formación que no es inversión, sino gasto de
energía sin retorno. Una falsa apariencia de aprendizaje.
Estos tres ejemplos concretos nos muestran, cómo, el proceso mecánico carente de comprensión, provocan la trampa del “resultado inmediato”:
- Oculta la falta de comprensión. El éxito en el “examen” o “ejercicio” no garantiza el dominio del concepto, del conocimiento o del proceso. De ahí que la evaluación deba basarse en el dominio comprensivo. Si no la basamos en el proceso cognitivo adecuado, lógicamente, tendremos esa “falsa percepción” de aprendizaje adquirido.
- Es frágil. Lo que se aprende sin razonar tiene una "fecha de caducidad" muy corta. Pero puede que sea gratificante al perderse la perspectiva real de la formación de la persona.
- Genera una ilusión de competencia. Nos hace creer que estamos preparados, hasta que la realidad nos saca del guion preestablecido al plantearse en contextos diferentes o pasado algún tiempo.
El razonamiento como transferencia
en el aprendizaje
La
transferencia del aprendizaje es la capacidad de llevar lo aprendido en
un contexto y aplicarlo con éxito en situaciones nuevas. Esto solo es posible
mediante el razonamiento reflexivo.
"No
educamos para resolver la página 42 del libro de texto; educamos para que la
persona sea capaz de resolver los retos en cualquier contexto fuera de las
paredes del aula."
Esto
sucede cuando apostamos por un aprendizaje comprensivo que nos permita:
- Adaptabilidad: Quien entiende la lógica detrás de un proceso o herramienta, puede utilizarla en cualquier contexto. Una buena base de razonamiento favorece el desarrollo de la persona tanto para aquello que se esté aprendiendo en ese momento como para aplicarlo a otros contextos posteriores (siguientes aprendizajes, otros niveles, otros escenarios…).
- Pensamiento Crítico: El razonamiento favorece el aprender del error, la toma de decisiones, la resolución eficiente de problemas, el discernir sobre la información veraz, el contrastar informaciones…
- Conexión de Ideas: El conocimiento deja de ser un compartimento estanco para convertirse en una red viva que crece con cada nueva experiencia. Es decir, potencia el aprendizaje. Mucha cantidad de información no es sinónimo de calidad, no implica que sea apropiada. La calidad en su tratamiento es saber utilizarla, razonarla, diferenciar la adecuada y necesaria, contrastar…
En
este punto haríamos la analogía con el cuento “El traje nuevo del emperador”, la
verdadera prueba de fuego llega cuando el alumno se enfrenta a un contexto diferente,
cuando debe razonar y pensar, es ahí cuando la realidad grita que el emperador
está desnudo.
Debemos
desterrar la idea de que la estructura de una clase es un circuito cerrado, donde
el docente vierte información, plantea ejercicios y luego califica cuánta de
esa información posee cada niño y niña. Esta es la parte (relativamente) fácil,
siendo lo verdaderamente pedagógico algo más difícil, complejo y trascendental:
es enseñar qué hacer con esa información, que la conecte de forma significativa
con lo que ya sabe, que reflexione sobre ella y que la transforme, mediante el
razonamiento, en un conocimiento propio y transferible. Porque no es lo mismo tener
mucha información que saber utilizarla. No es lo mismo almacenar algo mediante
una memoria rígida, que aprender mediante una memoria flexible y de carácter
cognitivo para conocer, saber utilizar y saber ser
Que el alumnado reflexione sobre lo que escuche, escriba o exponga supone que sea consciente de aquello que hace, favoreciendo su implicación cognitiva, su aprendizaje significativo y funcional. Esta idea conecta metodología con autoevaluación, capacidad crítica, aprendizaje activo, estrategias para organizar la información y autorregulación del aprendizaje. Favorece la transferencia de aprendizajes y capacidades competenciales. Todo ello a través de un adecuado razonamiento.
Pensar sobre lo que aprendemos, tratar de explicarlo con nuestras palabras, aplicarlo en nuevos contextos, etc. son formas de conseguir aprendizajes más duraderos y flexibles.
Educar va más allá de llenar un depósito de respuestas mecánicas con fecha de caducidad. Es potenciar el razonamiento y la reflexión: Una inversión que nos permite de transformar la información en conocimiento real y transferible.















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