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domingo, 5 de abril de 2026

EL RAZONAMIENTO EN LA FORMACIÓN DEL ALUMNADO

 

La escuela de hoy día, como no debe ser de otra forma, debe tener como principal objetivo la formación integral de la persona, tanto desde una perspectiva individual como social. Lo que en ella se trabaja va más allá de un libro de texto o de un modelo que se limite a “auditar aprendizajes” para aprobar o sacar “buenas notas”. Por ello, lo que menos se conoce es aquello que llamo “La escuela invisible”, siendo, precisamente, la que más trascendencia tiene para participar en la sociedad actual, además de para mejorarla y ser capaz de construirla.



La escuela invisible

La “escuela invisible” tiene varios puntos clave a considerar, ese día a día en el que pretendemos desarrollar procesos mentales. Pero, en esta ocasión, nos vamos a centrar en uno de ellos: El aprender a razonar y a pensar. Educar en el razonamiento es una labor que no busca el aplauso inmediato, porque no es visible de manera inminente, sino la solidez en una formación que la persona necesitará el resto de su vida. Es una inversión silenciosa.

Enseñar a pensar es, quizás, el proceso más lento y exigente, pero es el único que garantiza que el aprendizaje permanezca cuando pasamos a otro nivel u otra etapa, o cuando salimos del edificio del colegio, instituto o universidad. Aprender a razonar y a pensar debe ser la mejor inversión que una persona puede hacer en sí misma.

Un espejismo: ¿Estamos aprendiendo o solo repitiendo? La trampa del "resultado inmediato"

En el camino de la enseñanza, es fácil caer en la tentación de los métodos puramente mecánicos sin comprensión para aquello que realmente se basa en el razonamiento. Son atractivos porque ofrecen una gratificación instantánea: el alumnado resuelve el ejercicio, obtiene la respuesta correcta, aunque no lo entienda, y todos (docentes, alumnado y familias) sentimos esa falsa complacencia inmediata de haber cumplido el objetivo. Sin embargo, detrás de ese resultado puede esconderse un vacío que es el que tratamos de exponer.

Aprender por repetición mecánica sin entender sería como memorizar el camino a una casa sin saber leer un mapa. Si mañana nos cambian el sentido de una calle, nos vamos a perder.

Concretemos con algunos ejemplos:

El cálculo.  No debe ser un automatismo carente de comprensión, sino como una herramienta de razonamiento. El alumnado debe comprender qué calcula y para qué, dotando de significado real a las operaciones matemáticas para poder utilizarlas en el verdadero criterio de evaluación que se propone: la resolución de problemas en situaciones reales. La comprensión no es un resultado, es poner el objetivo en el proceso de construcción activa del aprendizaje.

La lectura. No debe imitarse a ser un scroll de redes sociales, sino una lectura profunda que permita una exploración cognitiva con empatía, inferencias y razonamiento complejo. No es leer “X libros al año” a modo competición, ya que ello puede desplazar la motivación intrínseca de la lectura como medio, como fin o como placer.

El problema no es leer mucho o poco, es leer sin detenerse, sin analizar, sin reflexionar. En un mundo saturado de información, muchas veces partidista o interesada, la lectura lenta y profunda debe ser la que nos permita un adecuado desarrollo cognitivo. La lectura debe concebirse como un instrumento de aprendizaje que se integre de manera natural en cada una de las áreas.

Un tercer ejemplo, las respuestas a preguntas (ya sean orales o escritas). Cuando lanzamos una pregunta en clase y el alumno responde con las palabras exactas del libro de texto, a menudo sentimos un alivio inmediato: "¡Lo sabe!". Pero, en muchos casos, no estamos ante un conocimiento, sino ante un eco, una reproducción sin comprensión que le impide un razonamiento posterior al preguntarle “¿Y que pasaría si…?, ¿En qué situación vemos que…?, ¿Qué ejemplos pondrías relacionados con…?"

De este modo, una adecuada evaluación sería la que no solo pide reproducir contenidos fomentando una mentalidad de almacenamiento temporal. El alumnado "vuelca" la información mecánicamente que después olvida porque no entiende lo que ha retenido, aun habiéndole dedicado tiempo y esfuerzo. Recordar es solo la base; si nuestras preguntas no escalan hacia la aplicación y el análisis, estamos fomentando una formación que no es inversión, sino gasto de energía sin retorno. Una falsa apariencia de aprendizaje.

Estos tres ejemplos concretos nos muestran, cómo, el proceso mecánico carente de comprensión, provocan la trampa del “resultado inmediato”:

  • Oculta la falta de comprensión. El éxito en el “examen” o “ejercicio” no garantiza el dominio del concepto, del conocimiento o del proceso. De ahí que la evaluación deba basarse en el dominio comprensivo. Si no la basamos en el proceso cognitivo adecuado, lógicamente, tendremos esa “falsa percepción” de aprendizaje adquirido.
  • Es frágil. Lo que se aprende sin razonar tiene una "fecha de caducidad" muy corta. Pero puede que sea gratificante al perderse la perspectiva real de la formación de la persona.
  • Genera una ilusión de competencia. Nos hace creer que estamos preparados, hasta que la realidad nos saca del guion preestablecido al plantearse en contextos diferentes o pasado algún tiempo.
En esta entrada se propone cómo estudiar para aprender, con herramientas para que la información se comprenda y se asiente de manera razonada.

El razonamiento como transferencia en el aprendizaje

La transferencia del aprendizaje es la capacidad de llevar lo aprendido en un contexto y aplicarlo con éxito en situaciones nuevas. Esto solo es posible mediante el razonamiento reflexivo.

"No educamos para resolver la página 42 del libro de texto; educamos para que la persona sea capaz de resolver los retos en cualquier contexto fuera de las paredes del aula."

Esto sucede cuando apostamos por un aprendizaje comprensivo que nos permita:

  • Adaptabilidad: Quien entiende la lógica detrás de un proceso o herramienta, puede utilizarla en cualquier contexto. Una buena base de razonamiento favorece el desarrollo de la persona tanto para aquello que se esté aprendiendo en ese momento como para aplicarlo a otros contextos posteriores (siguientes aprendizajes, otros niveles, otros escenarios…).
  • Pensamiento Crítico: El razonamiento favorece el aprender del error, la toma de decisiones, la resolución eficiente de problemas, el discernir sobre la información veraz, el contrastar informaciones…
  • Conexión de Ideas: El conocimiento deja de ser un compartimento estanco para convertirse en una red viva que crece con cada nueva experiencia. Es decir, potencia el aprendizaje. Mucha cantidad de información no es sinónimo de calidad, no implica que sea apropiada. La calidad en su tratamiento es saber utilizarla, razonarla, diferenciar la adecuada y necesaria, contrastar…

Como docentes, la prioridad pedagógica debe ser intervenir en los procesos cognitivos de cada niño y niña, alejarnos de resultados «artificiales» obtenidos mediante mecánicas sin comprensión que pueden “tranquilizar” a corto plazo, pero no se transfiere para un óptimo razonamiento que la persona va a necesitar en cada una de sus fases o etapas de aprendizaje.

En este punto haríamos la analogía con el cuento “El traje nuevo del emperador”, la verdadera prueba de fuego llega cuando el alumno se enfrenta a un contexto diferente, cuando debe razonar y pensar, es ahí cuando la realidad grita que el emperador está desnudo.

Debemos desterrar la idea de que la estructura de una clase es un circuito cerrado, donde el docente vierte información, plantea ejercicios y luego califica cuánta de esa información posee cada niño y niña. Esta es la parte (relativamente) fácil, siendo lo verdaderamente pedagógico algo más difícil, complejo y trascendental: es enseñar qué hacer con esa información, que la conecte de forma significativa con lo que ya sabe, que reflexione sobre ella y que la transforme, mediante el razonamiento, en un conocimiento propio y transferible. Porque no es lo mismo tener mucha información que saber utilizarla. No es lo mismo almacenar algo mediante una memoria rígida, que aprender mediante una memoria flexible y de carácter cognitivo para conocer, saber utilizar y saber ser


Que el alumnado reflexione sobre lo que escuche, escriba o exponga supone que sea consciente de aquello que hace, favoreciendo su implicación cognitiva, su aprendizaje significativo y funcional. Esta idea conecta metodología con autoevaluación, capacidad crítica, aprendizaje activo, estrategias para organizar la información y autorregulación del aprendizaje. Favorece la transferencia de aprendizajes y capacidades competenciales. Todo ello a través de un adecuado razonamiento.

Pensar sobre lo que aprendemos, tratar de explicarlo con nuestras palabras, aplicarlo en nuevos contextos, etc. son formas de conseguir aprendizajes más duraderos y flexibles.



Educar va más allá de llenar un depósito de respuestas mecánicas con fecha de caducidad. Es potenciar el razonamiento y la reflexión: Una inversión que nos permite de transformar la información en conocimiento real y transferible.



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